• Roberto A. Restrepo

REFLEXIÓN PARA EL DÍA 6 3 2020 (13)

REFLEXIÓN PARA UN DÍA DEL CAMINO DE LA VIDA, 10 E ENTRE LOS MAYAS CONTEMPORÁNEOS.


Hoy es el día calendárico del final y comienzo de un ciclo en el camino de la vida, y la forma como debemos caminarlo para llegar de nuevo a ese origen, construidos como verdaderos seres humanos. Ya lo decía Juan Salvador Gaviota cuando vislumbró, por fin, su paraíso de luz y escogió devolverse a las penumbras donde habitaban sus hermanos, para encender la luz en ellos.

Porque ellos eran luz, solo que no sabían encenderla. Siento hoy ese paso de nuestra presunta humanidad desde la comunidad a la sociedad, de la persona, uno en el otro, al individuo, hilo suelto; del sentirse y pensarse parte de un tejido de vida, donde todos somos crianza mutua (crio para ser criado, pero como crio soy criado) a ser los dominadores y controladores de la naturaleza, vuelta la Madre un asunto de recursos y el Padre de tormentas solares. La desacralización de nuestro corazón y la soledad de nuestro cuerpo.

Por ello este asunto del Coronavirus tiene que decirnos algo. Por muchas razones aparece en este tiempo, cuando los ciclos espacio-temporales nos indican que algo termina y algo comienza, tal como lo indican los calendarios sagrados de los pueblos originarios de este continente. Nos ponen frente al espejo del mundo, de nosotros mismos, del otro. Nos muestran que los cuatro grandes obstáculos de nuestra humanización creciente no han sido ni medianamente superados, transformados, tejidos en un nuevo intento: el miedo, el conocimiento, el poder, la vejez y la muerte. El miedo sigue siendo la sombra mayor de nuestro corazón y nuestro entendimiento; miedo a conocer, miedo a poder, miedo a envejecer, miedo a morir, pero, sobre todo, miedo a ser. Y para ser hay que estar, y para estar, el miedo debe transformarse en confianza, felicidad, bendición y agradecimiento. Por ello los gestores de la sombra coronavirus nos insultan y atrapan con el miedo, pero a le vez nos demuestran, y ese es nuestro agradecimiento, que el miedo a perder el cuerpo físico, sus pequeñas satisfacciones y soledades, sus cortos privilegios, pesan más que la vida, que nuestra humanización, el destino y el otro yo en mi espejo.

Ellos nos atraen con el miedo del conocimiento; de cómo el virus puede alterar nuestro cómodo mundo y cómo, cómodamente, podemos superarlo; o por lo menos eso pretenden. Y nosotros, que creemos conocer, ser cultos y civilizados, sucumbimos a su miedo y su ciencia. Nos muestran que tampoco conocemos, porque si conociéramos, otra sería nuestra actitud y otro nuestro estar. Y hacemos su juego económico, político, enfermo. Nos aislamos, despreciamos, evitamos, nos da asco, no nos unimos, intentamos salvarnos solos. Perdemos el fuego, el aire, la tierra y el agua, los volvemos inútiles, peligrosos y los disfrazamos. Nos envolvemos en máscaras y trajes presuntuosos, iguales de inútiles que lo que evitamos. Porque si de algo podemos estar ciertos, es que la actitud de nuestro corazón, la unión, el amor, la confianza, la comprensión, la solidaridad y la reciprocidad son la mejor medicina posible y no sólo cura el cuerpo sino el alma. ¿Qué queremos realmente sanar y proteger? Y, ¿a qué costo?

Pensamos que el poder del que estamos falsamente imbuidos, pensando que quien tiene poder puede, con el que manipulamos la vida y al otro, nos puede salvar de algo. Ni siquiera de nosotros mismos, en el momento, preciso e impostergable, en que, pese a nuestros trajes, máscaras y medicamentos, de nuestro presunto aislamiento, debamos abandonar estos cuerpos físicos y sutiles y ser nosotros mismos en la infinidad del Todo. El poder es como un ancla, no solo no deja ser, sino que atrapa; pero igualmente, cuando es servicio y ejemplo, da alas. ¿Cuánto de lo que ocurre ahora con este coronavirus es un ejemplo de la manipulación del miedo, el conocimiento supuesto, el poder manifiesto, el espejo de nuestras propias limitaciones y nuestro miedo?

Y por ello, el temor inmenso es asomarnos al posible abismo de la muerte sin vejez, o del envejecimiento sin muerte, porque lo que valoramos y hemos construido en nosotros mismos, desde el espejo del otro, está empañado y vacío. Es aterrador pensarlo. Y esto no depende del coronavirus; este solo podría cambiar el escenario del espacio-tiempo, pero ni siquiera eso; en el libro insondable del destino está escrito desde el origen como es el destino, y qué nos espera porque nosotros mismos, en otro estado de conciencia y amor, lo decidimos, de manera que no tenemos siquiera un dios que culpar o un destino que maldecir. Solo el inmenso olvido en que estamos inmersos.

De manera que este es un momento justo de mirar la vida con una sonrisa satisfecha, de sentirnos más unidos y hermanados que nunca, de saber que somos un solo destino y un solo cuerpo. De poder mirar cara a cara nuestro miedo y sentir que nada puede atropellarnos; de saber que por fin conocemos y que este saber nos dice que nada tampoco puede dañarnos. Que al fin podemos, sobre el falso poder de la sombra; poder es querer, querernos, ser tejido de poderes y de logros. Servirnos. Sabernos espejo y unidad. Lo que ocurre a ti, me ocurre a mí, por eso nos criamos juntos con la sabiduría de sabernos criar. Una sola humanidad, un solo cuerpo, que solo puede surgir unido, porque nada sobrevive en pedazos. Y por ello la vejez es un entendimiento y puede ser de un día o de muchos años; y la muerte un comienzo, solo la puerta suprema del gran ciclo nuevo, del encuentro con ese único, inmenso e imbatible cuerpo cósmico, del cual somos todo y parte.

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